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Llego en Figueres, Catalonia a las 15:55 en el año 1920. Hace mucho calor en el verano cuando estoy de pie y la luz deslumbrante se pone todo naranja. Puedo oír la ropa secando en las ventanas de los edificios, aunque no hay mucho viento. Creo que la mayoría de la gente está a dentro para evitar el calor. Me siento en un restaurante donde pido solamente un vaso de agua con mucho hielo. Por cuarenta minutos estoy allí disfrutando de mi hielo crujiente. Acabo de llegar de Marruecos donde el calor parecía menos crudo. Allí, el calor era seco, pero aquí mi pelo se está pegando a mi carra.

Decido caminar más, aunque tengo un dolor extraño en la pierna. Estoy pensando de esta pena y como necesito encontrar un hotel para guardar mis maletas, cuando me encuentro con un niño, tal vez, un adolescente. Primera vista, pienso que está escribiendo, pero lo miro de nuevo y puedo ver que está dibujando. Le pregunto qué está dibujando y no me responde. Su pelo negro brilla en el sol de la tarde- puedo ver solamente la parte posterior de la cabeza. Estoy curiosa con este extranjero. Cruzo la calle y el niño sale apresuradamente. Pronto veo que ha olvidado su cuaderno. Lo abro y los dibujos me sorprenden: ojos de todo tamaño, criaturas extrañas y montañas distorsionadas. Busco su figura en la calle, pero no hay nadie. Estoy solo con este cuaderno en mi manos. Los iniciales SD están tallados en su cubierta.